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Nubia Cermeño

La casa para mí sola

Cuando aprendes a vivir sola
el día entero te alcanza para un año.
Y lo aprecias.
De camino a la cocina te detienes en un paso de baile
Aprendes el verso de una canción con puntadas a la falda
riegas las rosas con la llamada de una amiga en apuros.
Quizá pienses que vivir sola no es buena decisión.
Saca fuerzas,
aprecia el tiempo,
piérdelo recordando con picardía algún beso que te robaron.

Alégrate el espíritu con la hilaza del mango.
Trae alegría a esas caras tristes.
Sé tu propia compañía, y
con el vapor tostado de un café
comienza la alegría de tu nueva fiesta.
Descansa eterna siete horas.
Vuelve a empezar y saca fuerzas
que estar sola no significa soledad.

Pág. 22

Monedas mágicas

Era un personaje mi tía que no era tía, pero era la tía de todos.
Una virgen con su cesta de ilusiones en la cabeza.
Vendía sin saber vender porque todos le compraban.
Cobraba sin saber cobrar, midiendo todas las monedas
sin equivocarse al dar un cambio.
Llevaba cuenta de todos los deudores por nombre y por deuda.

La lotería era su única diversión
y a veces ella me invitaba y hasta me permitía cantarla
yo, ¡feliz!
Recuerdo las fichas
minuciosamente ilustradas y con un brillo que
hacía sobresaltar la magia de algún anónimo artista de pueblo.

Todas las mujeres las conocían de memoria y respondían a coro:
¡El sol!
¡El que quema!
¡La luna!
¡La de los enamorados!
¡El sombrero!
¡Pa’ tu cabeza!
¡Los tres clavos!
¡Con los que clavaron a Cristo!
¡El 33!
¡La edad de Cristo!
¡El bombillo!
¡Que se te prenda! Y se carcajeaban las mujeres
¡La pitahaya!
¡La que tienes entre las piernas!
En ese momento la mirada de mi tía y ¡zas!  ¡Se va pa’ la casa!
y ahí se acababa mi felicidad.
Un día me robé la bolsa y saqué la bendita ficha de la “Pitahaya”
y se jodieron todas las que la tenían en sus cartones de lotería
pero yo, ¡feliz!

Mi tía, la tía de la cuadra se las arreglaba para hacernos festines
aun cuando su cesta regresara llena y sin monedas.

Pág. 31

Un piropo no hace daño

Nunca se deja de ser inmigrante.
A lo sumo, terminamos partiéndonos en dos.
La cabeza se queda allá lejos
jugando al pretérito o a un futuro envolatado.
Aquí aguardan los pies y una mano al menos
que administra el dinero.

Unos aprenden el idioma, pero no su adecuada pronunciación.
Otros consiguen empleo en el gobierno
con eso de los cupos de minorías visibles.
Y es que toda buena noticia tiene su lado.
A mí, por ejemplo, me dieron un pasaporte de aquí pero el nombre me delata
las dudas entonces caen con las palabras.

¿Me hice inmigrante acaso por amor?, ¿por casualidad?
Por necia.

A veces pienso en las palabras que algunos tiraban al suelo:
¡Flaca con un hueso tuyo me haría un llavero!
Pero eso fue antes, allá donde se quedaron las orejas y su entremedio.
¡Si cocina como camina, me le como hasta la olla!
Aquí no escuchamos más que el grito pedestre de un mudo
Porque ya sabes, lo denuncias al 911, no permitimos abusos.
Y si llego a marcar algún día espero que me envíen a uno de esos policías
¡tipo Tom Cruise!

A veces añoro las palabras al viento allá en mi pueblo.

Pág. 40

Bienvenido a Venezuela

Nunca pasó por mi mente que hoy yo estaría aquí cantando por mi país un canto que ya a ti te acompañaba cuando hace un tiempo expresabas un mensaje de conciencia y humanismo.
Con mi voz te acompañé llamándote amigo mío. Era lo que yo creía
y  hoy que mi país se hunde en el sufrimiento tú te encuentras escondido.

Mi patria, mi Venezuela,  país de recibimiento
ese que acogió a tanta gente, a tantos que en sus cruzadas fueron buscando vida segura huyéndole a la tortura o a la propia muerte.

Hoy te escondes y te callas
Te haces el ciego, el mudo
y no opinas. Se te olvidó la verdad
y te queda grande, muy grande esa palabra que siempre lanzabas a gritos, “Solidaridad”.

Eres de Chile, Bolivia o igual de Panamá
y mis hermanos te estorban,
Colombia, República Dominicana, Costa Rica.
Cómo te quejas cuando mi gente te llega, España, Ecuador, Argentina.
¿Hermano?
¡La palabra te queda grande!
Hoy veo a mis hermanos, que sí lo son porque son venezolanos y yo soy de la tierra del origen de su desdicha.

Allá los veo por las calles,
en Ecuador y Perú
vendiendo sus arepas, cachitos, pastelitos, empanadas
también una limonada, tisana o un cafecito con leche, y algunos se quejan.
Pero todo esto es de travesía
y todo este mal, va a pasar
te lo aseguro, hermano venezolano.
Y aquí seguiré cantando, aunque me encuentre hoy muy triste de esos amigos falsos.
Y te vas a regresar
a reconstruir tu país

Pág. 92

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