Claudio Palomares Salas: El lugar más triste para soñar o las claves de la literatura

Por Juana Goergen, Contratiempo

Claudio Palomares posee sin duda el ‘don’ de la literatura y consigue cautivar al lector acotando lo esencial, sin caer en explicaciones dilatorias respecto a las situaciones descritas, como ocurre a menudo en la novela de nuestros días: “En el sueño de Nau había un mapa, lleno de trazos violentos y una isla. Había estruendos y acordes mezclándose constantemente entre sí, superponiéndose en una armonía pesada que convirtió a la música en un horizonte espesamente nevado”, dice en El lugar más triste para soñar (Lugar Común, 2013).

El narrador va siempre al grano, describiendo personajes y acontecimientos en directa relación con lo medular del asunto, avanzando escena tras escena hasta configurar un mundo cerrado sobre el amor, sobre la música, sobre la experiencia migratoria en sus dos ejes –origen y exilio-. En consecuencia estamos aquí frente a un autor que no sólo conoce las claves de la literatura sino que además las domina a la perfección para construir y perfilar su mundo narrativo, como se muestra en este encuentro y conversación con García Lorca:

Abi entiende el secreto del agua recién nacida, es ella quien lo entiende Federico, no tú, ni yo (….) Abi y tú comparten algo, Federico (…) Pero sobre todo comparten el duende. (….) Si vinieras podrías bailar con Abi algún poema o alguna bulería, y encontrar junto a ella el duende. Yo les dibujaría un olivar con un cielo hundido y pintaría una lluvia oscura con la tinta de mis manos.

Así podemos ver cómo en el plano estético, su prosa entretejida  de hermosos momentos líricos, está plagada de imágenes magníficas. Para describir el origen idealizado por uno de sus personajes, dirá: “Valeria decía que México era un país tejido en un telar viejo, de siete hilos (….) Por  eso los mexicanos son tan fascinantes, porque son la suma de todos los hilos del telar: el rebozo mexicano, decía Valeria”.

Sacadas de su legítimo contexto narrativo, en estas imágenes encontramos valores que exceden el plano narrativo y configuran un universo poético superior a la narración misma.

En esta obra, es el asombro -frente al mundo del amor multicultural, al mundo de lo plurilingüe, al mundo del exilio frente al origen, como tan o más ajeno que  el mundo del exilio en un lugar ‘prestado’- lo que constituye el punto de partida. Es el hombre como niño asombrado quien mira y describe el ‘yo y sus circunstancias’ de frente y en relación con esos ejes. Ese estado de apertura frente a su mundo —o a sus mundos— permite a sus personajes una relación con el ‘ser de las cosas’, y no una relación de dominio de las cosas que perturba el asombro, como sostiene Heidegger. De ahí la posibilidad de pasajes tan hermosos como el que sigue:

Los sueños no tienen suelo, son historias sin lugar. La historia de este sueño rompió un ritmo, una membrana, lo sangró todo. Yo lo supe demasiado tarde, cuando el filtro ajado de las noches se había vuelto cobalto, como el color de algunos huracanes antes de azotar las costas (….) Fue en ese tiempo que Nau soñó este sueño y me lo contó. O tal vez fui yo quien lo soñé, no lo recuerdo bien, pero en el sueño había una mujer, su nombre era Abi y Abi era un continente.

Recreando y describiendo sus mundos interiores, esta novela confiere valor y sentido a la mirada crítica. El discurso mismo es un iceberg instituyendo lo no-dicho, la omisión o tal vez sea mejor decir, la alusión. Esta figura aparece entonces como una figura de juego de lenguaje y presupone un destinatario/lector capaz de percibir el alcance de la alusión que reside en el cumplimiento del sentido textual. En el  encuentro del protagonista con Vicente Huidobro podemos ver esta técnica, claramente ilustrada:

Ayer escribí un poema y me acordé de algo que me dijiste el día que paseábamos por París (….)
—Las cosas se fatigan (….)
—El horizonte habla y detrás todo se fatiga (….)

No sé por qué recordé aquello, pero ayer escribí un poema que buscaba decir lo mismo, que explicara cómo el amor también se fatiga y cómo el horizonte a veces llama…

Las metáforas y alusiones invaden los signos discursivos, como si la alusión poética se hubiera hecho hombre o mujer/personaje, no obstante al descubrir todo el iceberg se nos permite desgarrar el velo al descubrir mencionada en el discurso la doble clave de los signos ‘fatiga’ y ‘horizonte’.

Quiero cerrar estas notas con las palabras que usó Victoria Ocampo para referirse al autor del Aleph: “A través de su obra, no es difícil asomarse a su espíritu”. En esta novela encontraremos también la esencia de Claudio Palomares, lo mejor de sí mismo en su profunda majestad creadora.

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Juana Iris Goergen es poeta, ensayista, traductora y profesora en DePaul University en Chicago. Su labor poética incluye La sal de las brujas (Betania 1997); La piel a medias (Madrid/Betania 2001); Las Ilusas; Desarraigos (Ediciones Vocesueltas, 2008), y poemas publicados en diversas antologías. Es iniciadora y co-organizadora del Festival Internacional de Poesía en Chicago: Poesía en abril.

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